“Cambia lo superficial, cambia también lo profundo, cambia el modo de pensar, cambia todo en este mundo”… el “Todo Cambia” de la inolvidable negra Sosa fue un himno que cantábamos encendiendo la esperanza de salir de tantos años de dictadura. Aunque solamente con la esperanza el cambio no se produjo, sino que fue necesario mucho compromiso y acción transformadora para recuperar nuestro estado de derecho.

Sin embargo, y desde mi mirada de nuestros hábitos ciudadanos, observo que nuestra indudable capacidad de realizar cambios suele entrar en largos períodos de coma y resurgen con fuerza conversaciones habituales de resignación: “no hay nada que hacer, no cambiamos más”.Aunque deseemos intensamente que haya cambios en la política, en la justicia, en las fuerzas de seguridad, en la educación, en nuestra economía, en la distribución de la riqueza…nada cambia.

Buscamos cambios en nuestro trabajo, en nuestras relaciones, en los resultados, en la capacidad de ahorro, en los hábitos que impactan en la calidad de vida.

Si bien distinguimos que necesitamos cambios… ¿qué hace que tengamos tanta dificultad en poder llevarlos a cabo?

En mi trabajo como consultor y coach me encuentro, diría casi a diario, con manifestaciones de lo que académicamente dio en llamarse “resistencia al cambio”, una sesuda interpretación que se focaliza más en explicar las razones por las que el cambio no es posible que en el compromiso por producirlo. Vale decir, distinguimos aquí mayor compromiso en explicar que en generar el cambio.

Propongo que observemos al compromiso como:

- Un fenómeno universal para la coordinación de acciones que se manifiesta en el lenguaje, en nuestras conversaciones, o sea, en nuestro hablar y escuchar.

Por lo tanto, y al decir de Waslacwicz, no podemos no estar comunicados, por tanto no podemos no estar comprometidos. Si ahora estamos atentos a aquello que generamos con nuestro hablar y nuestro escuchar podremos distinguir el compromiso que nos está faltando para generar transformaciones.

Cada vez que estamos narrando algo que está pasando o que ya pasó, lo hacemos refiriendo nuestras interpretaciones sobre ciertos hechos, Y el compromiso que manifestamos al hacerlo es describir, justificar, explicar lo que esta pasando. Cualquiera de estas acciones no produce cambio.

Mientras describimos lo que pasa...nada cambia. Nuestras conversaciones acerca del cambio no lo producen.

Ortega y Gasset ya nos alertaba de esta improductiva conducta de los argentinos: “Confieso que de este país tan admirado y querido por mí , la sola cosa que a veces me perturba es el hábito, adquirido por algunos intelectuales de “ hablar por delante de las cosas". “Hay que ir a las cosas, sin más” Ir a las cosas significa accionar con el compromiso de cambio. Y este compromiso también se manifiesta en nuestro lenguaje.

El cambio al que se aspira requiere que se declare lo que se quiere lograr. Que se visualice cual es el estado, la realidad, que se desea crear. Y posteriormente coordinar acciones para lograrlo. Observemos que esto será posible si pedimos lo que necesitamos para accionar, si ofrecemos a otro, u otro nos ofrece lo que necesitamos y finalmente si hacemos las promesas que formalizarán mi compromiso en hacer que las cosas pasen.

El coaching es hoy una profesión indicada para abordar el fenómeno del cambio en tanto se especializa en desarrollar en las personas y las organizaciones, la cultura del compromiso.

Los argentinos necesitamos recrear la confianza entre nosotros, como colectivo cultural y centrarnos en declarar el futuro que queremos, comprometernos a logros observables y accionar hacia ellos, más allá de la administración política que esté coordinando las acciones.

Cuando nos comprometemos al cambio estamos haciéndonos responsables por algo que sucederá en el futuro que no ocurriría en ausencia de nuestro compromiso. Darle un sentido a nuestra vida y accionar para lograrlo es salir de la deriva de las circunstancias. La posibilidad de la transformación está en nosotros, en el valor de quienes somos: nuestra palabra.