Una de las competencias del coach es asistir a su cliente para entrenarse en distinguir sus diferentes emociones y actuar con y desde ellas.

Si hablamos de entrenar el cuerpo sabemos inmediatamente a que nos estamos refiriendo, seguramente la rutina incluiría una serie de ejercicios físicos de diferente grado de exigencia. Ahora, si hablamos de entrenar el aspecto emocional, a que nos estamos refiriendo?

Desde la interpretación que el Coaching Ontológico ofrece, todo lo que nos está ocurriendo en nuestra vida nos sucede en el lenguaje, tanto en el del habla, como también en el lenguaje corporal y emocional. El ser humano es el único ser que posee un lenguaje que tiene características reflexivas y generativas. O sea, a través del lenguaje podemos observar qué es lo que nos está pasando y también podemos generar una realidad distinta modificando nuestra interpretación y accionando para diseñar un futuro diferente.

En este marco la emocionalidad desde la que accionamos cumple un rol fundamental. Acaso no te ocurre que los resultados de tu trabajo son sustancialmente diferentes si estás enojado, frustrado, resentido o inseguro a que cuando lo haces desde la armonía, el entusiasmo, las ganas y la confianza??

Los estados de ánimo que conforman nuestra emocionalidad son predisposiciones para la acción en las que nos encontramos en forma recurrente durante un tiempo y que nos muestran el contexto desde donde observamos las posibilidades de acción en el futuro, tanto nuestras como ajenas.

Por lo dicho, es de fundamental importancia desarrollar competencias que nos permitan accionar desde aquellas emociones, desde aquellos estados de ánimo que abren mis posibilidades de lograr resultados.

¿Es esto posible? ¿Cómo un observador externo puede ayudarme a cambiar mis estados de ánimo?

El coach ontológico profesional está entrenado para asistir al coachee a que pueda distinguir los diferentes estados de ánimo en los que recurrentemente se encuentra y accionar desde los otros dominios que conforman al ser humano: el lenguaje y la corporalidad,  a efectos de lograr una emocionalidad que facilite el logro de los compromisos declarados.

Dice Humberto Maturana: “(…)el daño más grande que la cultura patriarcal ha generado en la existencia humana ha sido dar valor de buenas o malas a las emociones. Las emociones no son ni buenas ni malas. El problema surge de nuestra ceguera ante nuestro emocionar, y al no verlas, en el quedar atrapado en ellas. Les decimos a nuestros niños: “controlen a sus emociones”, lo que equivale a decirles: “niéguenlas” y los atrapamos en la ceguera sobre nosotros mismos. Si dijéramos: “mira tu emocionar y actúa conciente de él les abriríamos un espacio reflexivo y los invitaríamos a una libertad responsable(…)”

Este es uno de los espacios donde actúa el coach ontológico: asistir a su cliente para que observe, para que distinga, las conversaciones que generan sus estados de ánimo y a accionar desde su compromiso por lograr los resultados que quiere, más allá de ellos. Dicho de otra manera, lo entrena para que su accionar esté alimentado desde la visión de lo que quiere lograr y no desde los estados de ánimo que lo alejan del resultado deseado.

En muchas oportunidades, desde mi trabajo profesional, observo que las personas no se animan a dar un paso que consideran fundamental para dar un vuelco sustancial en su vida por miedo, emocionalidad que los paraliza e impide desarrollar la posibilidad imaginada. El miedo es una emocionalidad recurrente en aquellos que desean modificar el rumbo de su carrera laboral o en aquellos que requieren reinsertarse o diseñar nuevas opciones. Miedo a fracasar, miedo a no poder integrarse en un nuevo equipo, miedo a no ser lo suficientemente capaz, lo suficientemente inteligente, lo suficientemente...siempre hay algo que está faltando e inhibe la acción.

Cuando el coach puede mostrar que el  miedo es una valiosísima señal que indica una desproporción entre lo que el cliente interpreta como amenaza y lo que interpreta como recursos con los que cuenta para resolver esa amenaza, las posibilidades comienzan a aparecer y se transforman en acción comprometida. 

Como se mencionaba en el artículo anterior: El coaching interviene en la estructura del observador, ofreciendo otros puntos de vista distintos a los actuales, ampliando la capacidad que el observador posee.

Todo resultado requiere estar sustentado en acciones comprometidas y éstas sólo serán posibles si  se basan en  relaciones efectivas, incluyendo la relación con “uno mismo”. En la base de toda relación, observamos a la confianza como la emocionalidad que nos abre el camino para que esa relación sea posible.

El coach trabaja en una interacción altamente efectiva con su coachee – cliente en la construcción de esta confianza.